Como cada año ha vuelto el calor, como decía la canción: “Vueeelveeeee, a casa vuelveeeee, es el caloooor…” Como cada año. allá por las mismas fechas, Lorenzo hace su entrada por la puerta grande sin que nadie le haga sombra. Los preparativos que con tanto cariño se hicieron para preparar la plaza se quedan enanos y ridículos ante la presencia de tan grande gigante, que con su sóla presencia derrite el alma de todos cuantos a su alrededor se paran.
Nada más abandonar la bóveda celeste la luna, Lorenzo aparece y empieza el largo y consuetudinario camino que le llevará de vuelta a casa. Extiende sus manos huesudas sobre nuestras cabezsa a las que en vez de dar sombra y fresco aporta calor, y luz, y más calor, y ni una gota de agua, ni aire, ni ganas…, ni ganas de nada. Demasiada energía derrochada, demasiada energía con la que comparar la propia y ante la cual nos sentimos tan pequeños y avergonzados que nos retiramos a una esquina, lo más oculta posible, para echar una siesta. ¿Qué hacer contra tal gigante?
El sudor, indicador de que algo se cuece dentro, no cesa de contrarrestar el tremendo calor con el que Lorenzo nos atormenta. Pues incluso por la noche, cuando la Luna releva a Lorenzo, las acciones de este último todavía repercuten en nuestros cuerpos, y como si de una olla al fuego se tratara, el agua se desborda a borbotones por donde halla salida. Si es imposible abandonar la casa durante el día, ocurre al contrario durante la noche cuando uno se resiste a entrar. Poco han estudiado los arquitectos la fomra de hacer casas acordes con Lorenzo, quien debiera proclamarse expedidor de permisos de construcción de casas habitables, pues en casa no habitables o poco habitables ya vivimos todos. Una idea horrenda la de construir casas con materiales que dejan pasar el calor y el frío. Pero qué le vamos a hacer si deben estar compinchados con los fabricantes de aires acondicionados y calefacciones.
Curioso lo del aire acondicionado. Acondicionar es climatizar y climatizar es (cito textualmente la R.A.E.): “Dar a un espacio cerrado las condiciones de temperatura, humedad del aire y a veces también de presión, necesarias para la salud o la comodidad de quienes lo ocupan.” ¿Quién puso el nombre de aire acondicionado? Apostaría por un fabricante de estos aparatos. ¿Quién si no se atrevería a decir que estos aparatos son necesarios para la salud o la comodidad de quienes ocupan los espacios con dicho aparato?
El calor, esa sensación extenuante que agota, gota a gota de sudor. ¿No quieren muchas mujeres hacer regímenes alimentarios y sudar? ¿Por eso toman el sol? El calor quita el apetito y hace sudar, ¡toma ya, dieta de la cebolla, del nabo o el nardo! La cámara a presión en la que se está convirtiendo mi cerebro fríe mis sesos poco a poco. Las ideas que siempre vagaban en mi cavidad craneal con celeridad superan ahora la velocidad de la luz y los choques de unas ideas con otras causan la mezcla de muchas de ellas por fusión de las mismas; ayudando a empalmar en algunos casos, cosa extraña, inexplicbles vacíos de intuición y asociación; complicando, enturbiando y tergiversando, la mayoría de las veces, todos mis pensamientos.