A petición de una lectora cansada de leer en mi cuaderno sólo críticas, me lanzo ahora con un relato “bonito”, como ella pedía. A ver si es del gusto de todos…
Tanatos
Había tomado por costumbre ir a caminar por el mismo sendero desde hacía tres meses. Le gustaba la sombra que acompañaba todo su trayecto y el sonido del riachuelo que corría a uno de los lados. Los intensos días de calor del cruel verano daban tregua a los caminantes que paseaban por allí; y los grandes chopos, con su sombra; y el arroyo, con su fresca humedad, obligaban a no abandonar el camino, a buscar un lugar donde sentarse y disfrutar de una temperatura agradable. Se sentaba, como acostumbraba a hacer desde hace tres meses, en una pequeña zona accesible al arroyo, el cual estaba en casi todo su trayecto protegidos por zarzas. Allí, en una piedra lo suficientemente cómoda para estar sentado, descansaba y observaba y escuchaba cuanto le rodeaba, que no era poco.
Justo a su altura el arroyo se topaba con algunas piedras que producían turbulencias, y un sonido, que a Manuel le gustaba. Pajarillos de multitud de formas y colores deleitaban a Manuel con diferentes melodías; y los autores de tal composición musical, saltando de rama en rama de los chopos, sauces y otros pequeños árboles, o jugando hábilmente entre las zarzas y arbustos, se interesaban cada vez más por Manuel a medida que el silencio de éste y sus ganas por seguir escuchando los trinos aumentaban. Cuando empezó a llevarse la merienda los pajarillos y Manuel empezaron a hacerse amigos. Muchos se atrevían a acercarse allí donde Manuel tiraba algunas migas de pan. Pensaba en aquellos momentos en los días en que era cazador, cuando era joven y sus piernas tenían fuerzas para andar por el monte e ir detrás de las presas; recordaba sus días de pescador, cuando sus brazos ágiles y fuertes también, no le dolían cuando tenía los brazos levantados mucho rato. “La edad”, se decía a sí mismo.
Un día, estando sentado en su piedra, observó un pequeño zorro que le miraba entre las zarzas al otro lado del arroyo. Manuel enseguido comprendió que le habría estado observando durante muchos días, de lo contrario no asomaría su cabeza y le miraría tan descarado. Seguramente, una vez Manuel se fuera, terminaría los restos de la merienda. Y Manuel estaba seguro que habría rastros del zorro, huellas, cagadas o pelo, pero su vista no era la misma que en días pasados. Estuvo un minuto mirando al zorro a los ojos; luego le tiró un trozo de pan, el zorro lo cogió y desapareció. Al día siguiente el zorro estaba en el mismo lugar. Manuel lo había previsto y traía un poco de conserva de más para el zorro. Igual que el día anterior se lo echó y cuando el zorro cogió el lomo, desapareció. Al tercer día el zorro no sólo sacó la cabeza sino que todo su cuerpo estaba enteramente fuera de las zarzas. Cuando Manuel vio salir al zorro y sentarse como esperando su ración, se echó a reir. “Qué pronto se ha acostumbrado…”, dijo. Le tiró otro lomo que el zorro comió allí mismo. Y aunque no volvió a sentarse, no se fue y estuvo todo el rato dando vueltas en círculo y mirando a Manuel. Al día siguiente Manuel no le dio nada y el zorro, siempre dando vueltas al otro lado el arroyo se atrevió a gruñir un poco. Al día siguiente el zorro no apareció pero Manuel le dejó algo de comida al lado de la piedra que usaba para sentarse. Cuando al día siguiente Manuel estaba merendando el zorro apareció en la orilla del sendero a unos pocos metros de Manuel. Éste, le tiró comida que el zorro comió rápidamente. Estuvo todo el rato allí mismo, a una distancia prudene de Manuel.
Durante todo el mes de septiembre Manuel disfrutó de la compañía del zorro. Todos los días le llevaba comida. El zorro se dejaba tocar y Manuel le hablaba como si fuera una persona. Cuando se iba para casa le habría gustado que el zorro le siguiera. Le hubiera gustado tomarlo por mascota, llevarlo a casa y salir todos los días a pasear, pero el pequeño zorro se quedaba siempre allí donde Manuel se sentaba y lo veía irse a casa. Luego el zorro corría y se perdía por el bosque.
Todo el mes de septiembre hombre y zorro disfrutaron de amistad y compañía. El primer día de noviembre el zorro acudió a su cita con Manuel como era costumbre. Y Manuel no apareció. Un día tras otro el pequeño zorro acudió al lugar donde había conocido a Manuel, pero éste no aparecía. Manuel no volvió a aparecer.
Los siete vecinos del pueblo donde vivía Manuel estaban muy tristes. Todos ellos viejos, no dejaban de pensar en el pobre Manuel y como lo encontraron ahorcado en su casa. Él mismo lo había preparado todo y se había suicidado. Los siete vecinos lo recordaban como la mejor persona del pueblo, siempre dispuesto a ayudar, siempre alegre. Estuvo muchos años cuidando de su mujer enferma hasta que murió. Un año después, se suicidaba.
El zorro vivió dos años más hasta que un cazador le dio muerte, un día por la tarde mientras estaba sentado al lado de una piedra mirando al otro lado del arroyo.